viernes, 31 de julio de 2009

ANÉCDOTAS DE UN PUEBLO AL SANTO PEPE

DON TOMÁS





Todavía no ha terminado de irse la noche, reina un silencio misterioso y la silueta de los yunques asusta un poco. La fragua apagada esconde aún su tremenda energía. Hace frío... Quedan todavía tirados trozos de madera dura que en un tiempo formaban los rayos y camas de las ruedas. Se respira la muerte, sin embargo, apelando a los recuerdos y a la imaginación puedo retroceder en el tiempo y recuperar las dulces sensaciones infantiles... Junto con la luz del día, van ingresando uno a uno los herreros. Los sonidos aumentan junto con la luz y el movimiento se hace cada vez mayor.
Las paredes negras con el hollín de toneladas de carbón, el aire ácido por el olor a transpiración de tres generaciones son asombrados testigos de la explosión de martillos y chispas con que se inicia un ritmo frenético que durará hasta el mediodía. Ha comenzado una nueva jornada en la última herrería artesanal de Sto. Pepe.

Entre los oficios que han ido desapareciendo merced al “modernismo”, éste en especial me resultaba mágico. Como yo me crié soldando con arco, me resultaba difícil entender el “caldeo” que solidariza dos metales solamente con golpes sobre un rojo “blanco”. A medida que comprendía las técnicas, aumentaba mi respeto por aquellos genios que sabían las temperaturas del temple solo con mirar el arcoiris del acero. Me asombraba particularmente la colocación de la llanta caliente sobre la rueda y como ésta al enfriarse ajustaba todo con violencia y precisión entre crujidos que daban el toque final a la maravilla destinada a rodar y cargar cosas durante muchos años.
El alma mater del taller era don Tomás quien como a la mayoría de su generación interesaba más la reputación de su obra que el dinero que pudiera lograr con ella.
Quiso trasmitir a su hijo sus principios pero la sociedad de consumo ya estaba tomando fuerza y Delio sucumbió ingenuamente a ella.
Se dejó convencer que si no compraba un equipo de soldadura autógena la herrería no funcionaría. Era de las más elementales, de las que producían el acetileno con “piedras” de carburo y agua en una “campana”(ingenioso sistema que me ayudó a comprender el funcionamiento del “hidraulis”,órgano de agua bizantino regalado a los griegos en quien sabe que siglo y cuyo funcionamiento no está explicado en parte alguna)¡uff! ¿Dónde estaba? Ah, sí! Imagínense ustedes las discusiones generacionales que terminaron (Sabrán disculparme) de manera tan jocosa cambiándo el carácter del cuento. La falta de idoneidad en el manejo del sistema hizo que la “cargaran” poco antes de la hora de salida. Cuando todos se habían ido la máquina siguió produciendo acetileno y quien sabe cómo, una chispa lo encendió... La explosión se escuchó desde el otro lado de Sto. Pepe.
Parte del techo y la campana jamás fueron encontrados pero ésto se supo al tercer día cuando por fin se asentó el hollín.

domingo, 12 de julio de 2009



ANECDOTAS DE UN PEPIANO EN LA CIUDAD DE LOS YACIMIENTOS




Lo que sigue me fue referido por Juan José de Mello e intentaré transcribirlo aunque sin su gracia, por lo menos con su consentimiento.

Gran admirador de nuestros paisajes y de Santiago y su música, cuando Wenceslao fue invitado a pasar unos días en la sierra, aceptó inmediatamente. Seguramente el resultado sería alguna de las hermosas canciones que invariablemente nacían de esta relación.

Llegando de nochecita, fue alojado en una cabaña que Chalar tenía en las afueras.

Una vez instalado, Santiago le ofrece buscarlo a la mañana siguiente. Wenceslao rechaza el ofrecimiento aduciendo querer caminar disfrutando el aire, el canto de los pájaros y todo la inefable de la mágica zona.

Sabiéndolo madrugador, Santiago lo espera muy temprano... Pasan las horas y Wenceslao que no llega... Como a las diez de la mañana decide ir a buscarlo pero no lo encuentra...Vuelve a la casa y sigue esperando... Recién once y media aparece el “perdido”. Antes de saludar y con gesto de muy sorprendido, pregunta: -¿Sabés cuantos boliches hay desde la cabaña hasta acá?