jueves, 20 de marzo de 2008

sueño...

Sabía que estaba prohibido, pero ejercía tal fascinación en mí que a pesar de la semioscuridad salté la valla y comencé a recorrer el exterior de la carpa.
Fue como entrar en un mundo distinto donde hasta el aire consistía en otra cosa.
El intenso olor a circo me aterrorizaba aún más que los rugidos.
Objetos en desuso y deteriorados se apilaban obstaculizándome el paso.
De pronto todo mi interés se centró en un llanto infantil sumamente doloroso pero a su vez monótono y sosegado por la resignación.
Siguiéndolo me encontré con una especie de tienda adosada a la carpa mayor. De allí venían los sollozos.
Levanté con cuidado el borde de la lona y a la débil luz de una vela vi a un hombre mayor sentado en el suelo con su flaco cuerpo demacrado cubierto de pústulas, que intentaba torpemente arreglarse unas sucias vendas. Increíblemente los gemidos no provenían de él. Su actitud era casi indiferente.
Detrás pude distinguir el verdadero origen de los lamentos. Me llenó de espanto ver que provenían de un niño sonrosado y rellenito cuyo aspecto no podía ser más saludable.
Han pasado muchos años y aún me torturan las sensaciones y la incomprensión.

3 comentarios:

Rossana dijo...

Me seducen las carpas y los circos...Es cierto lo del olor..Si no fuera por el detalle del olor, ésta sería una hermosa toma cinematográfica. Me gusta cómo describis y creo que incluso se nota esa sensibilidad especial que tienen los que miran algo sin comprenderlo.

Le Santi dijo...

O comprendiéndolo demasiado...

Le Santi dijo...

Un clima de la gran puta este cuento. Qué cosa los circos.